Para que puedas entenderme este texto es el primero que empecé a escribir, hace referencia a lo que ocurrió en mi vida hace once años.
A partir de entonces he seguido escribiendo, realmente este texto tendría que haber sido el primero en el blog, pero no quiero que la primera impresión de mi trabajo fuera éste documento. Ahora yo creo que es tiempo de mostrarlo
Querida Antígona.
No sé como empezar, siempre cuesta más trabajo empezar la primera carta, es como patinar por un gran lago de hielo, blanco, resbaladizo, con miedo por no saber si caeré. Tengo tanto que decir, tanto que sacar de todos los rincones, y la mano se me resiste, quizás sea porque no sabe bailar, o le da vergüenza poner los sentimientos acostados sobre tan blanco tapiz, a la vista de todos, panza arriba, sin defensas.
Tal vez sean esos sentimientos los que paralizan la mano, a los sentimientos les gusta andar de puntillas, disfrazarse con cara de otros para que no los reconozcamos, así nadie sabe que somos frágiles y hermosos como el cristal de Murano. Les gusta mas enseñar la cara hierática, pétrea, que parece que impone mas, que nos hace más fuertes, cuando en realidad nos tenemos que recomponer con el adhesivo de las caricias y las miradas dulces, ¡ tanta debilidad acumulada en el cajón de nuestra intimidad.!
Te voy a contar mi batalla contra la muerte, esa muerte que se me ha pegado a la piel, que se ha convertido en mi sombra, intento despegarla pero dicen que se ha calado hasta los genes, otros dicen que habitaba allí desde el principio, y un mal día se desperezó, empezó a recorrerme y decidió quedarse a vivir en donde mas podía dolerme, me convirtió en la esterilidad absoluta, me dejó la nada como precio a su hospedaje, y llenó su equipaje de mis hijos mas queridos, aquellos que nunca nacerían.
Nunca pude imaginar cómo se puede llegar a morir en un instante y no haber muerto, y sin embargo, aunque te parezca mentira, es lo más fácil del mundo.
Se puede morir un día de agosto, a las siete y media de la tarde, en un sillón de la consulta de un médico, asaeteada por la palabra y el filo cortante de un informe médico.
Nunca olvidaré su mirada fría, intrascendente, como si se estuviera hablando del tiempo: - “Te lo cuento sobre la marcha., lo que tienes no es bueno, hay que operar otra vez...., para que lo entiendas......, estás en un pozo y vamos intentar sacarte......”.
-“¿Pero, podré salir, verdad?.
- “No lo sé”.
De pronto siento que me he tragado el submarino más grande de la tierra, y que se ha quedado de pie dentro, apuntalándome el alma para que no se me caiga y yo con ella.
Es una sensación de querer estallar, de romperme, de querer respirar y como si el aire se hubiese acabado, de querer llorar y no haber lágrimas, de querer gritar y no haber voz.
Me han quitado el suelo, me han quitado el futuro, me han quitado lo que queda del verano y no puedo hacer nada por evitarlo. Intento pensar rápidamente buscando una razón de actúe de asidero, que me permita, al menos, respirar. Pero enfrente solo hay una mirada vacía, hablando, hablando, y el submarino cada vez más grande, y el alma cada vez con mas deseo de desprenderse y yo en medio del caos, sin voz, sin aire, sin lágrimas, y lo peor de todo, sin futuro. No hay dolor, no hay argumentos, no hay leyes, normas ni siquiera hay consuelo.
Pido , imploro una esperanza, pero no me la dan, - “Depende del resultado... ”. “
Pero... ¿Habrá estadísticas?, …deme una sola probabilidad,... por favor”. Y su boca se llena de “ no lo sé”. Esas tres palabras se me cruzan en el centro del cerebro, las analizo, las disecciono, a ver si dentro, por una casualidad hay un trocito de esperanza, una hebrita de luz, pero nada, están huecas, solo son letras, vacías........
Me agarro a la mesa, porque el vértigo se adueña de mí, el submarino se está moviendo y desplaza la carga hacia el vacío, las palabras chocan contra mis propias paredes y se repiten hasta el infinito, eco loco, que no se pierde en la lejanía, sino que se queda prendido, tintineando sin parar.
Deseo irme, marcharme rápido, a ver si corriendo más que las ideas, éstas se quedan detrás y no me acuerdo de nada de lo dicho, a ver si se quedan flotando en el aire de la consulta, huérfanas de cabeza a las que atarse, y por no tener donde ir, terminen difuminándose y desapareciendo
Pero cuando salgo de allí, las malditas ideas me han tomado la delantera y se me han incrustado en todo el cuerpo, y ya no soy la de antes, ya no soy nada, porque no hay nada, sólo un enorme submarino dentro, apuntalando un alma que no sabe a donde caerse y está empezando a resbalarse.
Me doy cuenta que la calle es pequeña, no cabe todo el dolor de mí misma, no hay sitio suficiente para el sin futuro, no hay sitio suficiente en la tierra para la sin esperanza, para la frialdad, pateo el suelo a ver si se desprende algo de ese dolor, pero hasta los zapatos parecen que se han confabulado contra mí y no sueltan ni polvo.
Y entonces grito desde el fondo de la nada, grito y grito pero sólo sale silencio. Me veo hecha una esfinge, de piedra, sin entender, soy como de corcho, solo tengo un deseo…, dormir, dormir, dormir. “A lo mejor si duermo., mañana me entero que era una pesadilla, que todo es mentira, ¡eso es, voy a dormir mucho y rápido!”.
Pero no hay sueño, no puede haber sueño, no hay tiempo. Tiempo. ¿Para qué?. Y de pronto el tiempo se empieza a estirar, y se vuelve largo, muy largo, el reloj es de goma, no corre, no anda. Y dentro la sensación metálica aumenta, es tan grande que no puedo contenerla más, se esta desbordando por todo mi yo, se sienta encima del minutero y lo solidifica, las horas se han vuelto de aluminio, brillan pero no discurren, todo el tiempo se me está colando por las muñecas y me aprisiona el deseo de huir.
Quiero correr, pero, ¿a donde?, No hay donde escapar, no hay donde huir, el enemigo está dentro comiéndome las entrañas, y no puedo huir, porque escapa conmigo, va conmigo, se nutre de mí, vive de mí. ¡Dios, ni el jinete de Samarkanda! , a mi no me espera la muerte en ninguna puerta, yo la llevo de pasajera.
Llego a casa, a lo que se supone que es mi refugio, donde nada ni nadie puede tocarme, pero la casa se ha vuelto desconocida, las paredes parecen lejanas, y la ventana esta cerrada, aunque permanece abierta. No hay aire, es como si los ladrones hubieran entrado a saco y hubiesen robado todo el oxigeno y no hay nada para poder respirar, no existe ni siquiera el consuelo de respirar hondo.
Me desplomo sobre el sillón, y noto que no existe lugar donde descansar, que me siento en el vacío, y que no tengo donde colocar tanto dolor, tanta desesperanza, no hay jarrones donde verterlos, ni sillas donde sentarlos, ni cajas donde guardarlos, no hay ni siquiera una percha donde colgarlos, tengo que tenerlos en las manos, porque se han hecho tan grandes que no existe en el mundo lugar donde posarlos, y porque temo que el mundo se quiebre por tanto peso.
La cabeza esta llena de pensamientos que vienen y van a velocidad del rayo, son cometas, miles de cometas, y cada uno deja una estela inmensa de pensamientos sin futuro, sin mañanas y yo intentando disipar ese polvo estelar que se me pega al alma y me la hace más de hielo si cabe.
Miro alrededor buscando no sé que, tal vez el muñeco de pequeña, o el osito de trapo, alguien en quien descargarme, algo que se haga cargo de mi vida, mi dolor y mi miedo, y así poder escapar, rompiendo la ventana. Pero no están, no hay muñecos ni ositos, ni siquiera está él, no hay nada, y el peso de las ideas aumenta en progresión geométrica, e inversamente proporcional al tiempo transcurrido, ideas que me modelan mis límites hasta ser la funda que me cierra.
Miro a los míos y sus miradas me dejan sin fuerzas, me resbalan por la piel como lluvia y es una gran mirada blanda, a la que no puedes agarrarte, porque se me deshace entre las manos como mantequilla, todos miran el papel donde se habla de mi muerte, entre términos extraños, técnicos, exquisitamente pulidos, donde la muerte no se ve, pero se intuye en cada vocal, en cada consonante, detrás de cada coma. No sé que significan las palabras, pero presiento que es una muerte muy complicada, porque…
¡ hay que ver las vueltas que dan para decirlo¡.
Los rostros de los que me quieren evitan mirarme, se vuelven de espaldas, se esconden, y lo peor de todo es el silencio, el maldito silencio, que se ha sentado en medio a jugar una partida de ajedrez y al primer movimiento se trago a la reina. No saben que decirme, porque no hay nada que decir, no saben como mirarme, porque no hay nada que mirar. Y yo mientras sentada en el vacío, con el cuerpo sitiado por un motín interno, sin ningún capitán que ponga orden ante tanto desconcierto.
Empieza el frío, porque es agosto pero hace mucho frío, el cuerpo tiembla como una hoja.
Pido calor, calor para apagar el fuego paradójico de tanto frío Se me han metido por los huesos todos los inviernos del planeta a la vez, en tropel, y busco calor, pero nadie ni nada puede darme calor, es un fuego que abrasa en frío. Me contraigo hasta ser un esquema de mí misma, todo está seco, muerto por dentro y sigo pensando, “a lo mejor el frío ahuyenta a mi inquilina, la paraliza, la mata”, pero no, parece vacunada de todo, hasta de la temperatura
Sigo deseando dormir, porque a lo mejor el sueño se lleva toda esta locura. Sin embargo, el sueño se revela también, parece que es el día de la revolución total y no viene, lo busco por todas partes, pero no hay sueño, me invento dormir, pero no resulta, y llega la noche. La cama se ha llenado de mí misma y me tapa el dolor y la desesperanza, el tiempo se ha vuelto viejo, no camina, los cometas aumentan su brillo, y el submarino ha crecido tanto que parece que seamos uno. El sabor metálico es lo único que permanece inalterable, ni aumenta, ni disminuye por fin se ha parado.
De pronto me doy cuenta de que estoy en el otro lado, es una locura, pero se que estoy en el otro lado, ese lado donde no existe el tiempo, por eso no corre, del que hablan los que estuvieron igual que yo estaba ahora; no hay nada, por eso no encuentro nada; no hay nadie, por eso no encuentro a nadie, es como un desierto con un submarino en medio, con un cielo lleno de luciérnagas siderales, no hay leyes, ni normas, ni promesas, no hay nada, solo estoy yo . Todo se ha quedado detrás de la línea, mi trabajo, mis amigos, mi familia, la naturaleza, en defitiva la vida. Y entre ella y yo una barrera infranqueable de miedo, de palabras técnicas, de mirada de médico, de “ no lo sé”, de las estadísticas, de la ética, de la verdad al enfermo, de la desesperanza eso es lo peor, la desesperanza, una palabra llena de hielo, asesina en si misma, ladrona de vida, pesada como ella sola, oscura, que me coge de las solapas y me tira contra las cuerdas, basamento de un muro terrible altísimo.
Es la muralla más dura, más alta, más extensa que se haya construido, sin materiales, sin desearlo, es una muralla que se genera a sí misma, que se agranda a fuerza de devorar tiempo y vida, que se hace pegajosa para que nadie pueda saltarla, para que nadie la desafíe. Y poco a poco me separa de la realidad.
Pero en un momento, fue solo un instante, una milésima de instante, saque de mis bolsillos la última burbuja de fuerza, de valor para gritar con todas mis fuerzas; “ ¡Dios¡ ¿ dónde estas?, ¿ dónde te has metido?, ¿ por que no vienes? , ¿ que té pasa?, ¿tienes miedo?, ¿también a ti te doy miedo?, ¿ tampoco tu me vas a mirar, tampoco tu me vas a hablar, es que ni siquiera tu sabes que decirme? , ¿ no te da vergüenza con lo grande que eres y me tienes miedo?”. Lloraba desesperada con las pocas fuerzas que me quedaban …
Y apareció, de pronto apareció, y me miró con una mirada de ironía, y solo me dijo: “¡Salta el muro¡”.
Estaba tan cansada y solo se le ocurre decir que salte el muro , ¡con lo grande que es!, con lo alto que está, con lo pegajoso que parece.
Seguía repitiendo: -“¡ Sálta el muro !”.
- “No puedo, todo esto pesa mucho, me duelen los brazos de aguantar tanto sufrimiento, déjame que lo suelte en el suelo”-, pero no había suelo donde soltar tanto lastre, y mientras me seguía repitiendo: “¡Salta el muro! , ¡maldita sea quieres saltar el muro de una vez!”.
“ Es que no tengo fuerzas, no tengo valor, ni siquiera fe ¿ cómo voy a pasar por encima de la ciencia, de la autoridad, de la estadística, de los dictámenes, de mí misma…?”. “Dame algo para saltar, una pértiga pequeña, finita, pero dame algo, por favor”.
Y la pértiga apareció en forma de pensamiento azul, la idea se puso en fila y como una gran lanza guerrera, se alzó delante de mí, en su mango estaba escrito,
“¡Quiero VIVIR ...!, y esa idea como un disco rayado que no parase nunca se me pego a la mano, me entro por las venas, se fue al corazón y lo atravesó de medio a medio y la sangre que brotaba se mezclo con la idea y se extendió por el cuerpo, puso sitio a la rebelión, y se encaramó al cerebro. Como un martillo, rompió esquemas y neuronas y se quedo a vivir allí.
Me vi agarrada a la pértiga, como un atleta griego, corriendo sin parar, sobre un suelo inexistente, con todo el peso de mi pena, mi miedo, mi desesperanza, a saltar el muro, ese muro que seguía creciendo sin parar, sin limites, y esa voz sonando en mis oídos, “¡ salta el muro !”,
Cerré los ojos, puse la pértiga sobre el miedo y salté, fue un salto interminable, largo, duro, difícil, con el tamaño de lo eterno, donde lo único que sabia era que estaba saltando, saltaba una y mil veces a la vez, el salto se estaba repitiendo en el infinito, como el reflejo de un espejo en otro espejo, pero algo estaba ocurriendo, y cada vez pesaba menos, cada vez era mas ligera, estaban quedándose sobre el muro, pegados a él, mi submarino, el silencio, la cara gris del sin primaveras, la desesperanza, el miedo, las manos me dolían de asir tal idea, la cabeza estaba a punto de estallar y yo me veía en un desdoble extravagante saltando, por saltar y saltada, era el pasado, el presente y el futuro paralelos, viviéndose a la par, Pero siendo cada uno diferente a la vez y en cada uno dejando lastre detrás, era como si tuviera que terminar el salto sin nada, vacía, y como no terminaba de vaciarme lo repetía una y otra vez de forma infinita, hasta completar el ciclo, no se cuanto tiempo duro el salto, porque el tiempo finalizaba y empezaba de forma constante, a sacudidas, y en cada sacudida me desnudaba mas.
Cuando termino todo, caí de bruces sobre la arena del nuevo día, no quería moverme, no quería mirar, solo sabia que la pértiga seguía agarrada a mi mano y que ya no era pértiga, sino una lanza con una punta afilada, y que no debería soltarla jamas.
Me agarre a ella y me puse de pie, guerrera novata, estaba de pie, en mi lado, de nuevo en casa, más frágil, más liviana, sin nada, solo con una lanza que me defendería de todo lo que habría de venir, solo sabia que cada vez que alguien me quisiera tender un puente de miedo, debía apuntarle y matarle la intención, cuando el dolor hiciera noche en mi, tendría que pincharle hasta destrozarle y devorarlo.
Con tan poca defensa, me lance al ataque de mirar de frente a todos y sobre todo a mí, busque en sus rostros, en sus miradas, en sus palabras y les desafíe, hablándoles, demostrándoles que estaban equivocados, que con mi lanza no hay cáncer que pueda resistirse, que no hay quimioterapia que soporte tan gran defensa, y me volví la prueba viva de mi propia creencia, me convertí en realidad, mi idea era yo misma, desafiando conceptos, investigaciones, pruebas científicas,
Hoy sigo con mi lanza en ristre, desafiando las leyes de la ciencia, saltando vallas, cada vez más altas. Y fabricando pértigas para mandarlas al otro lado del muro y que si alguien se va a vivir allí, pueda cogerlas y saltar, como yo salté, sobre mi misma, sobre mi miedo, sobre mi creencia, sobre mi propia muerte.
Estoy cansada, querida Antigona, no es fácil ser atleta de la vida, pero porque amo la VIDA, tuve que aprender a volar por encima de todo lo que te quiere apartar de ella. Pero a pesar de tanto agotamiento, estoy bien porque siento la vida desplazando a la muerte, me estoy calando de mañanas, de futuro, siento cien primaveras entrando por mis poros reventando genes revelados, sembrando amaneceres y a levantando torres de ilusiones.
Antigona, dicen que la muerte la tengo pegada a la piel para siempre, pero ¿sabes?,logré emborracharla y ya no me molesta, la he llenado de sueño para que nunca mas se pasee por dentro y ahí estará hasta que decida irme a cazar estrellas y en ese viaje ya no necesitare este cuerpo. Porque entonces ya seré lo suficientemente sabia como para dejar que me abrace el infinito
Hasta mañana amiga