CAZAR LA LUZ O LA PASIÓN DE CREAR

 

           

Desde hace años, vengo leyendo tratados de psicología sobre la creatividad, desde De Bono hasta el español Saturnino  de la Torre, todos hablan del acto creativo pero desde distintas perspectivas: neurológica, psicológica, educativa, epistemológica, etc…

 

Aunque sus aportaciones son esenciales para el conocimiento  de esta cualidad humana la cual yo considero la más importante, -  porque gracias a la creatividad , por ejemplo  hoy yo estoy escribiendo esta experiencia en mi ordenador-, ninguna de ellas me ha enseñado claramente  qué es el acto creativo, cómo se desarrolla , qué está ocurriendo mientras se produce la creación.

 

Tal vez, porque no se pueda contar con palabras, lo que otorgan los dioses.

 

En mi opinión el acto creativo es lo que nos distingue del resto de la naturaleza, para bien y para mal.

 

Como dicen mis queridos maestros chinos, dentro del yin está el yang y dentro del yang el yin, en la creación está la destrucción y en la propia destrucción también está el germen de la creación.

 

Cuando se crea se destruyen viejas estructuras, es necesario derribar, demoler para crear algo nuevo, algo diferente. La creación nace cuando se ha agotado el presente, cuando los caminos han sido recorridos y experimentados al límite, cuando ya no hay nada nuevo que refresque el alma, cuando la meta conseguida se deshace porque no puede dar mas respuestas, entonces, -de esa muerte-, nace la creación.

 

Pues bien, este pasado verano yo tuve el privilegio de presenciar  ese acto creativo y desde mi humilde opinión, pienso que a muchos de los teóricos de la creatividad  les hubiera gustado  haber estado sentados a mi lado viendo lo mismo que yo pude contemplar.

 

 Hace algunos meses, recalé en  La Casita Amarilla,  el estudio- escuela de David Saborido,  yo no tengo ni idea de pintura ni creo que llegue a colgar un cuadro en ningún museo,  la verdad es que  la mayoría de las veces pinto con las manos porque no se qué hacer con los pinceles, me sobran, muy difícil para mi.

 

 Esto lo digo para que tengas una idea de mis condiciones y mi cultura pictóricas.

 

 David tiene una forma un tanto particular de explicar la pintura y a veces suele hacerlo pintando sus propios cuadros delante de los alumnos.

 

            Era una mañana de julio, hacia un calor de morirse, como estamos acostumbrados en este Jerez de mis pecados,  David decidió enseñarnos algo sobre la luz, -si soy sincera no recuerdo que era-, pero cuando termine de contar lo que pude ver   creo que a nadie le importará saber de que iba la clase.

         

               Había un lienzo enorme, alargado, el trabajo iba sobre una aproximación a una obra de un clásico. Los alumnos nos sentamos en el patio.

 

            Poco a poco se fue haciendo un silencio denso, era como si  se fuese creando un muro entre el creador y los observadores,  la temperatura del patio fue bajando                                                                                      

            El calor sofocante fue dando paso a una sensación fresca, el muro de silencio fue creciendo y la sensación de aislamiento del creador cada vez fue mayor, poco a poco el gesto del David cotidiano fue cambiando por otro tipo de persona, era como si despertara otro ser dormido en las profundidades de su alma o de de su mente, el pincel se convirtió en una especie de lanza, los colores dejaron de ser pura materia y se convirtieron en trozos de luz atrapada.

 

El lienzo blanco asemejaba   luz  congelada y el creador empezó, -como si fuese la autopsia de un cadáver-, a desgarrar  su vientre. La luz  empezó a descomponerse  dentro de la tela en múltiples  matices, la mirada inquisitiva a la que nos tiene acostumbrados el pintor dio paso a otra que veía cosas que, yo al menos no podía captar, pero que tenían la misma realidad y presencia física  que las columnas del patio  o mis compañeros de clase, la respiración cambió el ritmo más rápido,  la luz empezó a danzar entre las manos  y con gestos ágiles la atrapaba y la agregaba a la que salía del cuadro, componiendo un mosaico de vida, todo estaba vibrando, lo que surgía y lo que atrapaba y añadía, lentamente la danza se hizo frenética, ligera , mágica, el frío iba en aumento y el silencio se había instaurado como un muro sólido que nos separaba siglos del creador.

 

          Lentamente tras aquella cortina impecable del lienzo blanco aparecieron personas, que se iban transformando, rostros que iban y venían a su antojo, algunos se quedaron, otros se fueron, brazos, troncos que se movía en el espacio, dirigidos por la luz que el pintor atrapaba y materializaba.  Con grandes esfuerzos conseguía que aquellas figuras se quedasen quietas, para luego desaparecer entre cascadas de luces nuevas que los desplazaban en el espacio hacia el fondo, danzaban en aquella vorágine de colores, formas y  espacios. Iban y venían sin descanso, unos sonreían burlones otros mostraban su dolor mas profundo, otros se asomaban  y otros se intuían. 

 

Algunos les hablaban, otros parecían venir de no se donde a quedarse en el lienzo. El diálogo que el creador mantenía con la luz, era intenso, libre, único, -me recordaba a los éxtasis que relata  Santa Teresa y los santos de toda la vida-, había traspasado la barrera de lo evidente y la cacería se desarrollaba más allá de lo sensible, del aquí y ahora, el creador estaba fuera del tiempo, del lugar, de sí mismo o tal vez porque era él mismo en la pura esencia podía estar en donde estaba

 

Me parecía inalcanzable en aquel momento y yo con mi mente cuadrada presenciando lo que para muchos podría ser el límite entre la lucidez y la locura, ese delgado filo donde se halla la genialidad en estado puro, demoledora porque muestra que lo expresado es lo que hay y no admite réplicas de mentes que se hayan fuera de ese espacio, envidiada por los mediocres que nunca podremos acceder a esos niveles de diálogo interno y de expresión exterior, incomprendida porque requiere aceptar que el creador está en otra frecuencia, otro espacio y su forma de ver y entender el mundo es desde un punto de vista tan iconoclasta que resulta terrible e infructuoso  intentar meterlo en los moldes  establecidos  ya que su función es precisamente romper esos moldes, solitaria porque la soledad es el precio que se paga por codearse con los dioses, no hay lugar para acompañantes en el viaje hacia el centro del propio ser.

 

 Una fiebre  desgarradora , devoraba las entrañas del creador y que a la vez le daba vida, estaba en pleno proceso de destrucción, y a la vez generando nuevos esquemas, nuevas estructuras y conocimientos,  estaba ante el  puro nacimiento de perspectivas internas que consolidan poco a poco un modo de ser y de vivir nuevos, mirar mas allá de las cosas, del presente, de lo establecido es una tarea fascinante pero aterradora                      porque no será comprendida cuando se aterriza en lo habitual, es como vivir en el mayor de los lujos para pasar a la pobreza extrema en cuestión de segundos.

 

                         Crear te equipara a Dios  en un instante, para al siguiente pasar a ser un humano acribillado por las demandas de los bancos, difícil encajar esa dicotomía de dios y hombre.

 

Pienso que esa faceta de dios es la que persiguen aquellos que pagan sumas extraordinarias por obras geniales, hay quien quiere alcanzar  o reservarse el cielo para ellos mismos encerrando las obras en  salones privados.

 

                 Dicen que a éso que yo estaba viendo  en flamenco se llama el duende. El duende estaba allí y David hablaba con él, su diálogo permitía atrapar y traer a nuestros ojos lo que existe más allá. Me recordaba los informes de las  sesiones de la chamana Pachita delante de los científicos de la Nasa, con sus manos trayendo de dios sabe donde trozos de carne para curar lo que nuestra ciencia no pueden curar.

 

             En aquel momento mi profesor era Pachita, San Juan de la Cruz, Caracol, Mozart o El Pipa, era todos aquellos que salen a cazar por esos territorios donde está lo bello, lo extraordinario para que nosotros,  los de mirada horizontal, al ver sus presas, podamos hacernos una idea de lo que es vivir un solo segundo en lo sublime.

 

 

               Cuando se produce el acto creativo, la propia naturaleza genera una especie de crisálida protectora para evitar que nada de aquello salga de sus límites, solo lo que el creador logre atrapar, se permitirá conocer al resto de los humanos,  es como mirar unas de esas bolas de cristal que contienen nieve y un pequeño paisaje, pero no se puede tocar la casita, ni la nieve y si lo intentas la rompes, así es la atmósfera que se genera en torno al creador, intocable, impenetrable,  invisible pero perfectamente perceptible y quien ose romperla, acabará con la magia.

 

                 Me daba una extraordinaria envidia aquel espectáculo, porque a mi también me gustaría acceder a ese mundo para ver más allá, moverme entre el espacio y el tiempo, contemplar el arco iris  desde el otro lado, como decía Einstein y entender los acontecimientos desde otra perspectiva que alivie un poco este alma cansada y atemorizada.  

 

               El creador  siguió en su danza no se cuanto tiempo, porque era como si todo estuviese congelado. El frío seguía aislando, protegiéndole de cualquier intromisión de los mortales. Seres invisibles le rodeaban y le mostraban luces, colores, esencias, energía que rechazaba o cogía según su propósito. Parecía el alumno frente a los maestros que muestran lo mejor de sí mismos a los discípulos aventajados.

 

            A través del creador, nosotros aprendíamos, los alumnos  mas avanzados creo que mucho, yo, - nueva en estas lides-  a comprender  que es cierto, que es posible ir al cielo y hablar con los ángeles. Aprendí que todo es luz, que nada está fuera de la luz, ni siquiera la oscuridad, porque ella existe porque existe la luz, no puede darse una sin la otra. Que el color es un reflejo  de la materia y la materia es un estado  de la luz

 

                   De pronto el muro empezó a ceder, David volvía a ser el de siempre, la lanza se volvió pincel y las manos estaban llenas de pintura, empezaron a llegar los  ruidos de la calle, el frío desapareció y un móvil terminó de rasgar el velo, o ¿quizás el móvil sonó porque el velo se había rasgado?

                  

             El agotamiento del pintor era evidente, sin embargo una nueva luz irradiaba, algo había ocurrido, tal vez ahora era un poco más sabio. Tal vez ahora es posible que le resultase más difícil y complicado vivir entre los mortales,  no tiene que ser fácil estar en la tierra de nadie, demasiado extraño para los mortales, demasiado inmaduro para los dioses. Envidiado y temido por los mediocres, principiante para los genios eternos. El patio se volvió cotidiano y el lienzo quedó paralizado. La luz había quedado sujeta sobre el blanco lienzo como una mariposa atravesada por el alfiler del coleccionista y con una furia extrema luchaba por continuar viva, presente, libre, modificable

 

         Ahora sé distinguir un cuadro vivo de otro que no lo es.

 

         Los cuadros que han sido creados están vivos, nos atraen, nos hablan, nos mienten, nos guiñan,  nos conmueven porque en ellos está parte de la esencia del creador, su destrucción y su resurgimiento, sus sueños y su agonía, su capacidad de mostrarnos sus mundos interiores.

              

  El cuadro es el propio  pintor puesto panza arriba con las tripas al aire y lo que es más extraordinario, el alma  en carne viva y esa alma nos puede llegar a perturbar o acariciar hasta el punto de morir, robar o luchar por poseerlo   

 

           También aprendí que en el proceso creativo, lo esencial no es el resultado, sino el proceso mismo, estar en ese mundo, muriendo y naciendo mil veces, contemplando la pura belleza o la más terrible fealdad, en ese proceso los límites son inexistentes, donde todo vale porque en la mas absoluta libertad es posible el todo sin restricciones, eso no hay nada que pueda pagarlo, ni comprarlo ni regalarlo, eso es patrimonio del creador y  es innegociable e intentará volver a  ese estado, de forma constante y obsesiva, porque solo es ese momento es él mismo, se experimenta a sí mismo, se conoce plenamente, se acepta , se expande y se contrae como un gran pulso, como un gran parto para al final volver a parirse a sí mismo, nuevo, distinto, mas sabio, mas inadaptado, mas inalcanzable.

 

 Y en todo ese entramado, lo menos importante es el resultado porque en cierta manera el resultado es el recuerdo que atormenta al artista de donde estuvo una vez, es tal vez por lo que intentan deshacerse de sus obras terminadas,  por un impulso inconsciente de evitar el recuerdo de lo soberbio, de cuando realmente se sintieron vivos