CARTA A DON QUIJOTE

 

 

A vos Don Quijote, el último de los caballeros me dirijo humildemente, para rogarle me tenga la merced de escuchar mi petición:

 

              Yo… ,-con todo el respeto de que soy capaz-…, quiero ser como vos.

 

  Ya se…, que eso es imposible, pues vuestra grandeza es inconmensurable. Pero… yo quiero ser como vos.

 

            Deseo tanto… que mi existencia tenga un faro y una guía tan potente como tiene la vuestra. Quiero aprender a amar, como amáis vos, con  ese amor que se desparrama por toda la esencia del alma, que atraviesa la piel  y las corazas que la vida nos coloca en cada una de las batallas del día a día. Ese amor que resiste a los más locos envites y se vuelve la brújula y la razón  de todos y cada uno de los pensamientos, hechos y sueños de que es capaz una persona.

 

 Poder  soñar con un caballero igual que vos soñáis con  Dulcinea intangible, imaginaria, pero lo suficientemente real como para convertirse en la  fuerza  que me haga  ponerme de pie, cada día.

 

Quiero  que  su amor me abrace y me eleve cuando las heridas sean tan profundas y tan graves  que no haya suficiente dolor para sufrirlas, y cuando el miedo se haya quedado enredado en mis pensamientos  hasta el punto de oscurecerlos y convertir mi mente en un pozo profundo  y denso.

 

 Muero por  sentir amor como el vuestro que rompe todo lo rompible y aun lo que no es posible romper porque no es  su cualidad la  materia densa.

 

Yo quiero creer como vos, en el amor que nunca se acaba, que no se deshace con el  paso del tiempo, quiero pensar que mi amado, al igual que vuestra amada,  se mantiene eternamente joven y bello  porque es el propio amor el que lo modela, lo teje y lo perpetúa.

 

             Necesito tener la seguridad y la certeza que al final del camino, habrá alguien que me acune hasta conseguir que me duerma confiada sabiendo que nada me puede pasar.

 

 

 

         Dígame como se puede combatir la corrupción que nos acecha a todos en muchas esquinas de nuestra vida. Envidio su voluntad inmaculada de ser  fiel a usted mismo,  guerrero suicida defendiéndose del peor de los males, la traición al propio ser.

 

      Os llaman loco, por el simple hecho de manteneros íntegro. Yo quiero respetarme  tanto que sea capaz de blandir mi espada con la mayor  fiereza  en  aquel que intente seducirme en contra de mi propia esencia. Quiero poder mirar mi alma al final del camino y saber que se haya intacta, vencedora de refriegas donde el soborno, la apatía, el orgullo,  la envidia y todas aquellas artimañas que nos esperan en el camino para sojuzgarnos, para apartarnos de nuestra propia entidad  y hacernos clavar las rodillas en el suelo y doblar la cerviz ante ídolos seductores  que se nutren de nuestra traición interna y cuyo premio son  migajas de éxito, poder, dinero y fama.

 

               Sentirme limpia, dormir a pierna suelta, sabiendo que yo voy conmigo, que mi castillo está bien guardado y que nada ajeno puede franquearlo para ensuciarlo, violarlo y dejar las larvas del menosprecio incubadas en las rendijas abiertas.

 

Explíqueme  Don Alonso cómo puede mantener esa llama incombustible, inalterable, a prueba de dudas, miedos, e  incredulidad. Cómo se puede creer en lo que no se ve,  con tal certeza que a fuerza de creerlo se consiga saber que éso está, que existe, que es tan cierto como el aire que se respira. Que no hay lugar a la duda, ese sentimiento que enfría el alma hasta hacerla dura y angustiosa.

 

Gentil caballero enséñame a mirar las otras realidades, esas que permanecen ocultas  y a la vez presentes, listas para ser observadas por el ojo vigilante.  Sabéis ver belleza donde habita la fealdad, la riqueza en donde la pobreza y la mugre han plantado sus reales,  tornáis la burla cruel en risas alborozadas y las expresiones más crueles  en  bellos versos. Sabéis del dolor humano y tratáis por todos los medios en socorrerlo, es por ello que sois capaz de mirar a través  de las cosas  no posáis la vista sobre la piel sino en el alma, en la intención, en el gesto y allí encontráis  la razón para vuestra  lucha

 

Decidme donde conseguís el valor, para hacer frente a monstruos, dragones y gigantes,  que aun sabiéndoos  débil y con escasas defensas, no dudáis en plantar cara a aquellos que pretenden avasallaros. Yo quiero ese valor para mi, quiero el valor del cobarde que ahogado en el  miedo no da un paso atrás, quiero el valor del insensato que por no medir con la razón, lucha contra un tornado y lo vence, porque nadie le dijo que no se podía vencer . Quiero el valor de la sinrazón, esa que no es capaz de pensar en las fuerzas, ni calcular riesgos, simplemente coge la lanza y apretando los dientes  se corre con presteza  a combatir las mas terribles bestias, no importando el resultado, ni si morirá en el intento, simplemente lucha porque es el tiempo de dejarse la vida  ante la injusticia, porque es preferible romperse en dos a  que el alma se llene de vergüenza por transigir ante la ignominia.

 

  Quiero ser  paladín, como vos, de la coherencia personal,  la justicia ,  la verdad y  la honestidad,

 

    ¡Por lo más sagrado¡,  enséñeme a mantenerme en el camino, a no dejarme arrastrar  por las sirenas que cada día  nos  acosan ,seducen,  tientan, nos manipulan, esas que con sus artes sutiles, nos desvían de nuestros principios, nos acomodan en ideas mediocres  y  nos llenan de justificaciones  ruines  que  permiten permanezcamos impasibles ante las múltiples tropelías que a diario quedan impunes.

 

        Y cuando muera, lo único que no quiero imitar de vos, es recuperar la cordura, pienso que vos moristeis porque recuperasteis la razón, porque os rendisteis  ante lo inevitable, con la sensatez  llegó la sequedad, la aridez al ánimo, desapareció el impulso, quedó abatida la fuerza. La gallardía se disolvió en el pensamiento y ya solo os  quedó morir. Morir por un exceso de realidad.

 

Bendito seáis por siempre mi gentil caballero.